ANÉCDOTA DEL CUERPO-CASA

(A modo de Introducción)

Ven. Sentémonos a conversar…

¿Te dije alguna vez que nunca quise embarazarme hasta encontrar el lugar perfecto? 

Un lugar que no fuese tan rudo e inexplicable como yo sentí el mundo para mí. 

Mi lugar. Un sitio mío. Un espacio de pertenencia donde nadie pudiera echarme. Donde pudiera estar con toda tranquilidad y como tiene por derecho cualquier niño.

Ese lugar, he ido comprendiendo después, no es un espacio físico. Se parece más a un lugar dentro de mí. Pero no lo sabía entonces, por eso me desvivía buscándolo afuera con la certeza absoluta de que lo encontraría allí. Un lugar con comida. Con calor. La palabra "hogar" resuena en el calor de ese espacio seguro donde todos nos reunimos alguna vez, hace siglos, para ver resplandecer el fuego reflejado en los ojos del otro mientras nos contábamos historias. Dicen que así comenzó a desarrollarse nuestro lenguaje. 

Pero eso lo entendí mucho después.

Y casi recientemente, entendí que ese lugar no era un  lugar que estaba afuera. Y además, que era un lugar que buscaba sobretodo para mi alma. 

Pasé mucho tiempo empeñada en encontrarlo afuera, donde habitan las cosas idealizadas que no conocen el dolor humano, y buscándolo, fui conociendo la soledad, la lejanía, el frío. En el olvido de lo amado, conocí el silencio que hiere. Dar sin medida al foso sin fondo que termina secándote.

Siempre amé viajar y busqué hacerlo desde que recuerdo. Desde pequeña, jugaba que me iba muy lejos y cruzando el umbral de la puerta, pasaba la noche durmiendo en el zaguán de casa de los abuelos que era el lugar más lejos al que podía llegar a mis escasos 6 años. Buscaba mi lugar y buscándolo, he sido, en parte, una desarraigada. Quizás mis raíces sean aéreas, eso puede ser. Pero no creía que ese lugar estuviera cerca, todo lo contrario, lo sentía a kilómetros de distancia de mí, de mi vida ¿Cómo iba a darle a un bebito una vida sin lugar? ¿Un lugar sin casa? ¿Una casa sin puertas? Yo no la tenía y por eso debía buscarla donde fuera, y una vez hallada, echarme a empollarlo para contarle mi viaje de búsqueda de ese pedacito de paz donde podría sentirse totalmente a salvo. El cuento de Mäeterlink, sí, tal cual. 

Hasta que quedé embarazada.

https://www.cuentosclasicos.org/2007/09/el-pjaro-azul.html

Entonces, no me quedó otra que concluir que si no había conseguido ese lugar perfecto después de tanto buscarlo por el mundo, quizás era porque no existía afuera sino adentro de mí. Quizás debía hacer sólidas mis raíces, beber de mi propia fuente, hacer crecer mi fronda lo más copiosa que pudiera y con lo que tuviera a mano, para poder dar sombra, albergue, protección a ese chipilín que nadaba dentro de mí. Ya no buscaría más afuera. Yo misma sería su sitio, su lugar. Me tocaba, pues, hacerme sólido árbol, y repetirme como la poeta venezolana María Calcaño: "Por ti llevé cien años los brazos implorantes, para cargarte a ti, hijo mío, se han llenado de fuerza y de bravura...Lo que toda madre siente ante la llegada de su bebé, supongo. 

Entonces, su lugar primero sería yo. Mi cuerpo. 

Y luego, sería todo lo que amo: mi casa que llevo a donde quiera que voy. 

Y así fue. No necesité más. Todo estaba en mí, inicio y fin. Estaba preparada para esperarlo.

Albert Camus dice que “su patria es la lengua” porque donde quiera que hablen tu idioma allí te puedes reconocer como en casa. Y así siempre lo creí, sin dudarlo. Sin embargo, cuando otro corazón latía dentro de mí, pude sentir que mi patria también era mi mismo cuerpo, y hasta ahora, es todo lo que se. Ya no busco ese lugar “ideal” que jamás vi y que hoy sé que existe sólo en mi alegría, en mi profundo sentimiento de ser quien me habito. Yo soy mi casa, y eso, después de tanto camino recorrido, es lo único que puedo asegurar con total propiedad. Yo soy mi casa. Porque no tengo nada más que a mí misma sufriendo los embates del tiempo, yo misma alimento, lugar y decisión de abrirme - o cerrarme – como un templo cuando lo deseo. Estoy en casa.

Por eso, cuando supe que en mi casa, en mi cuerpo, albergaba a un ser que postergué mil veces conocer, no pude más que sentirme feliz. Yo, la que buscaba un lugar afuera, se la daba a otro de la forma más simple, menos lógica, más generosa e irracional que se puede imaginar sin salir de mí misma. 

Sin embargo, el bebito no pensó lo mismo. Y cuando decidió irse dejándome a solas con mi cuerpo, me hice silencio. Mi casa quedó vacía. Sólo el viento batiendo sus ventanas. Una plaza en verano a mediodía. Una iglesia sin cristo y sin altar.

Pasé mucho tiempo sin poder recibir huéspedes de tanta tristeza. Sentía sed, desierto, mis grutas y despensas vacías. En todo ese tiempo me acompañó mi perrito Brayi, y por un buen tiempo, mi casa era el mismo prado donde él corría. 

No sabemos qué designio decide dejar tanto dolor donde alguna vez hubo un cuenco lleno de brotes verdes. Por qué se arrebata a unas lo que es tan simplemente dado a otras. Eso jamás lo sabremos. 

Pero ese dolor cambia tu vida, tus elecciones, tus prioridades. Tu forma de volver a mirar al mundo y a los otros. El don adquirido después de todo, es saber que la mayor alegría, el amor más sublime que podemos experimentar en la vida, es apenas ese instante de magia donde todo se reúne para hacer posible el milagro. Y todos lo somos cuando abrimos los ojos a la vida.

Hay cosas indescifrables en el camino que al aceptarlas te conceden el don de tocar fondo en todo lo que vivas. Y al fondo, muy en lo hondo, donde no estás más que tú misma y la mano que te tiendas en profundo acto de humildad, es donde se llega a ver realmente quien eres. Y después de golpes tan fuertes, será muy difícil que las bambalinas del mundo te confundan, porque sabrás siempre de qué lado se encuentra lo Sagrado. Lo que de verdad vale la pena salvar.

Así que bienvenido esos golpes "como del odio de dios" que no son otra cosa que también la vida. Porque después de ellos, podemos admirar doblemente el milagro que somos, y con tan solo un acto de fe, volver a escuchar el latido del mundo en sus resonancias, que se abre sin certezas ante nuestros ojos, siempre que estemos dispuestos a ser una y mil veces heridos. Que no somos otra cosa que también la vida y la muerte la potencia y la acompaña sin notarla. Pero también, jamás estamos solos si sabemos que nuestra casa es el mundo, donde fuimos dados en ofrenda desde que nacimos.

Desde entonces, sigo andando. "Camina y el camino aparecerá", se hizo mi lema. Pero sabiéndome en casa, cargo mi lugar conmigo a donde quiera que voy.  

Ahora busco ecos que me permitan honrarla, rememorarla, reconstruirla, con la esperanza de una unidad perdida. Me reparo así, de mis dolores, que es también habitarme. Y habitar también es volver a mirar este espacio fértil que llevo dentro, sembrarlo de flores, algo que revive siempre con la alegría de un nuevo viaje. Porque entre esto que siento y aquello que encuentro a mi paso, soy. 

Y el mundo es mi hogar. Aquí me hallo, sigo buscándome. Casa rodante de mi cuerpo que el viento, en ráfagas de sonoridades, empuja.

Y honro en el camino a mi madre, agradecida, porque me ha dado a la luz de la vida.

Flight from the city from Orphee 




Comments

Popular Posts